Siempre me he preguntado como persona y psicóloga por esta obsesión humana de querer tener la razón, esa testarudez sin sentido cuando se trata de resolver una diferencia o un conflicto de pareja, ese orgullo que nos gana al momento de enfrentar a ese otro que queremos y que queremos cuidar porque nos interesa la relación.

Sólo lo entiendo desde la vereda miope de que existe sólo una verdad absoluta, que no cabe otra visión e interpretación de las cosas, que éstas son así porque sí, que no merecen cuestionamiento ni reflexión alguna. Pero cuando aparece otro que seguro es distinto a mí y me involucro al punto de querer tener una relación, todas las creencias se ponen en común, algunas coincidirán, otras se cuestionarán y otras se cambiarán en el camino de la construcción de un espacio común donde queramos ser felices en pareja.

Quería ser consecuente con su razonamiento, con la verdad que emergía de sus juicios pasados. Pero se sentía deprimida de sólo pensar en perder esa relación. Le pregunte: ¿prefieres tener la razón o ser feliz?

Estaba muy segura de tener la razón, pero tenía mucha pena, porque se sentía peligrosamente cerca de tener que romper con su relación.

Ella tenía juicios fuertes y duros respecto de su pareja. Estaba muy segura de tener la razón, pero tenía mucha pena, porque se sentía peligrosamente cerca de tener que romper con su relación.

Nuestros juicios son como esos lentes de colores, que nos permiten ver muy bien ciertos tonos, y definitivamente no son capaces de mostrarnos otros. De vez en cuando hay que cambiar de lentes. Pero para eso debemos darnos cuenta primero que los tenemos puestos.

Rara vez relacionamos nuestros juicios con nuestras decisiones. Más bien pensamos que no tenemos alternativa, que estamos obligados a hacer lo que hacemos. Peor aún, que es el otro el que nos obligó a actuar así. Lo único que no se nos ocurre es revisar nuestros juicios.

No se nos ocurre, porque no vemos nuestros juicios como juicios. Estamos convencidos que son descripciones de la realidad.

John Austin se refería a los juicios como “falacias descriptivas” porque parecen estar describiendo algo que existe en la realidad, cuando en verdad la están calificando. Dicho de otro modo, los juicios tiene la apariencia de un sustantivo cuando en verdad son adjetivos. Hablamos de La Mesa de la misma manera que hablamos de La Inteligencia. Construimos la misma frase cuando afirmamos que Julio ES chileno o cuando afirmamos que Pedro ES inteligente.

Todo lo anterior nos confunde. Somos atrapados por nuestros propios juicios, la propia estructura del lenguaje confabula para que redactemos nuestros adjetivos como si fueran sustantivos. Por esta razón dejamos de verlos como nuestros juicios y nos desresponsabilizamos de ellos. En el mismo instante que perdemos la paternidad de nuestros juicios, perdemos el poder sobre ellos. Cuando perdemos el poder sobre nuestros juicios, quedamos a merced de ellos.

¿Por qué perdemos poder?

Los hechos, dijimos, han ocurrido en el pasado. No podemos cambiarlos. Los juicios, sin embargo, si podemos cambiarlos. Cuando tratamos a los juicios como hechos los contaminamos con sus cualidades: creemos que no podemos cambiarlos. En ese momento nuestros juicios comienzan a dominarnos.

Los juicios son nuestra principal herramienta para tomar decisiones. No hablan tanto del pasado, como del futuro. No sólo califican un conjunto de comportamiento pasados, sino que sobre todo proyectan su tendencia en el porvenir. Si describo a alguien como irresponsable, probablemente pensaré que lo seguirá siéndolo en el futuro, no confiaré en él, ni le encargue nada.

Le pregunte: ¿prefieres tener la razón o ser feliz? Al cabo de tiempo la volví a ver.

Esa mujer que juzgaba a su pareja desde hace tiempo en forma negativa, había dejado de revisar sus juicios hacia él. Por lo tanto, había cerrado la posibilidad de cambiarlos. Se había escuchado tantas veces decir esas palabras, que ya le parecían verdaderas, irrefutables. Se encontraba entrampada en la paradoja de pensar que estaba obligada a terminar con su relación, aun cuando su emoción le dictaba algo muy diferente. Ella quería ser consecuente con su razonamiento, con la verdad que emergía de sus juicios pasados. Pero se sentía deprimida de sólo pensar en perder esa relación. Le pregunte: ¿prefieres tener la razón o ser feliz? Al cabo de tiempo la volví a ver. La relación seguía, estaba contenta y sin contradicción. Claro, lo que había cambiado eran sus juicios.

Necesitamos hacer juicios para poder decidir. Cuando emitimos un juicio estamos cerrando la posibilidad de ciertas acciones y abriendo otras. Juicio y cursos de acción están íntimamente ligados. Por eso es tan importante hacer juicios en forma consciente y responsable y revisarlos de vez en cuando, de lo contrario nuestros juicios tomarán decisiones por nosotros.

Escrito por Alvaro Godoy, Coach Integral (D) Universidad Católica, director CEPPAS

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