¿De qué hablamos cuando hablamos de complicidad? Ni más ni menos que de uno de los elementos claves en una relación de pareja, que no es un sentimiento ni una actitud, sino una manera de comunicarse que muchas veces va más allá de las palabras. Es sentirse parte de una historia común, es “compartir un secreto”, es entender el chiste sin tener que explicarlo… es saber entender lo que el otro piensa y siente en todo momento, una unión de dos en donde no cabe nadie más.

La complejidad de la complicidad radica en que es, probablemente, el nervio más sensible en una relación: cuando falla, todo alrededor se empieza a caer de a poco, y por esto es tan importante cuidarla como uno de nuestros activos más importantes. Sentirse unidos ante el mundo entrega seguridad y contención, sin duda dos ingredientes clave para alimentar la complicidad en la pareja, ya que la idea es que siempre en ella encontremos un lugar feliz, donde podamos compartir nuestros sueños y frustraciones sin temor a ser juzgados o incomprendidos.

¿Cómo cuidamos este espacio, no solo por el valor que tiene en si mismo, sino por cómo impacta en todas las demás áreas de tu vida?

Encontrar ese espacio seguro que entrega la contención de la pareja se hace especialmente importante cuando caemos en cuenta que vivimos en un mundo que muchas veces puede ser hostil, rodeados de stress y depresiones. Entonces, la complicidad y la confianza cobran más relevancia a la hora de enfrentarnos a la vida, ya que una buena relación impacta positivamente todos los ámbitos en los que nos movemos: hijos, familia, trabajo y sociedad se ven beneficiados por una relación sana y contenida. Por esto, ¿cómo cuidamos este espacio, no solo por el valor que tiene en si mismo, sino por cómo impacta en todas las demás áreas de tu vida?

Por eso, es una pena ver que este espacio común y único de pareja tiene poco que ver con el entorno en que vivimos, éste lo hace dificil lleno de demandas y exigencias que no nos permiten invertir tiempo en el capital más importante de nuestra relación. La intimidad emocional que podemos acumular es ese vínculo que de tan cercano, se convierte en algo exclusivo de la pareja, donde nadie más entra y que nadie más entiende. Para ejemplificar esto, ¿has pensado alguna vez qué pasará cuando los hijos se vayan de la casa? ¿o cuándo estés jubilado y el trabajo no sea tema? Imagina que la complicidad es una especie de “ahorro emocional”, es el espacio que cultivarás y cuidarás cuando el quehacer diario disminuya y los espacios de a dos aumenten.

Ya que estamos hablando del espacio, vale la pena poner atención en este punto, ya que muchas veces y sin darnos cuenta, dejamos que ese lugar único se convierta en algo más masivo, en donde entran a jugar factores como los hijos, el trabajo, la familia, la sociedad… y seamos honestos, ¡no caben tantos en un espacio tan pequeño! El atender y dar una importancia mayor a elementos que no corresponden a lo exclusivo de la pareja atenta contra la relación que construimos, y al abrir esas pequeñas rendijas dejamos que se nos escapen los detalles que nos hacen sentir unidos.

Compartir el día a día, contarse lo que pasa en el trabajo, invitar al otro a salir, arrancarse de vez en cuando de la rutina… todas pueden ser buenas alternativas para recuperar nuestros espacios y alimentar el vínculo.

¿Qué podemos hacer para alimentar la complicidad en nuestra pareja? Sin irme para el lado del experto, porque no lo soy, al menos se me ocurren algunas maneras que vienen desde el sentido común más que de la academia. Cosas simples como compartir el día a día, contarse lo que pasa en el trabajo, invitar al otro a salir, arrancarse de vez en cuando de la rutina… todas pueden ser buenas alternativas para recuperar nuestros espacios y alimentar el vínculo. Que nunca se nos olvide qué fue lo que en primera instancia nos unió al otro, ¡aprovechemos nuestro tiempo juntos!