“No eres tú, soy yo”, frase cliché que a más de alguno le trae malos recuerdos de algún término de relación; pero en ocasiones no puede ser más asertiva en cuanto a lo que sentimos. La falta de comunicación y no poner límites en el momento preciso nos hace caer en rutinas que van arrastrando a las relaciones al termino, el cual lamentablemente, casi siempre y en casi cualquier circunstancia es doloroso, pero evitable si hubiésemos hecho algo antes. No se trata de buscar culpables, sino de asumir que ambos somos responsables absolutos y únicos de las dinámicas de pareja y de los círculos viciosos o virtuosos que somos capaces de construir mientras estamos con otro. La pregunta que nos deja este artículo no es ¿Qué hago para cambiar lo que no me gusta del otro? Sino ¿qué voy a cambiar YO para salvar nuestra relación?…

En esta época del año, especialmente en el “mes del amor”, proliferan las conversaciones en las cuales evaluamos el año.  En este año en particular me ha llamado la atención la cantidad de personas que han confesado estar solas ya hace tiempo y estar “muy bien así”.  Declaran que no quisieran estar en pareja y mucho menos pensar en volver a vivir con alguien. Lo máximo, una relación esporádica, sin exigencias y por supuesto, totalmente “puertas afuera”. Cuando pregunto cuál es la razón para preferir evitar relaciones estables, la queja común son las “exigencias” de las parejas.

No tiene nada de extraño que no queramos que nos exijan más de lo que podemos dar (como canta Alberto Plaza). Lo que llama la atención es que la respuesta sea callar-aguantar-ceder…y finalmente terminar la relación y muchas veces concluir que es preferible seguir solos en la vida. ¿Qué pasaría si en vez de eso aprendemos a poner límites?

NUNCA ES TRISTE LA VERDAD, LO QUE NO TIENE ES REMEDIO

La mayoría de las personas que declaran que “ya no pueden mas”, no se atreven enfrentar esta situación directamente con su pareja…

Hagamos un ejercicio. Cuando sienta que ya no puede más con una relación (en su trabajo, con un su jefe, con su pareja, etc.) Piense lo siguiente. ¿Cuál es la solución más rápida y definitiva? Sin duda será terminar con esa relación, renunciar al trabajo; –cortar por lo sano– como se dice habitualmente. Ahora pregúntese: ¿Qué otra cosa podría haber hecho un momento antes de tomar esta decisión radical y sin vuelta?: quizás una confesión sentida de “no poder más”, tal vez darse la media vuelta y salir de la situación que ya no soportamos, una advertencia clara y directa de las consecuencias de que la otra persona repita una vez más aquello que ya no queremos aceptar. En fin, la cantidad de acciones son muchas y son muy potentes, porque frente a la alternativa de que todo termine, la verdad es no tenemos mucho que perder. Sin embargo, es curioso. La mayoría de las personas que declaran en las sesiones de coaching que “ya no pueden mas”, no se atreven enfrentar esta situación directamente con su pareja o su jefe. Paradojalmente, están decididas a renunciar, pero no están dispuestas a soportar que el otro se enoje, se frustre o rompa con nosotros si decidimos decirle nuestra verdad directamente. Están buscando otro empleo, pero no se atreven a decirle a su jefe que no están dispuestas a trabajar por ese proyecto el fin de semana (¿temerán que los despidan?). Están decididas a romper con una relación de pareja de muchos años y con hijos, pero no se atreven a decirle a su pareja que están disconformes con su vida sexual o que quizás deberían hacerse una terapia de pareja. Al parecer muchos prefieren perderlo todo antes que poner límites o hacer una petición directa. Cualquier cosa, digo yo…antes que cambiar.

Estar a punto del dar el paso final en una relación es una situación que nos brinda una tremenda y dorada oportunidad de expandirnos y desafiar nuestras creencias sobre lo posible. Cuando ya tenemos poco que perder, podemos explorar y experimentar acciones que jamás nos atreveríamos hacer en otra circunstancia. En mi experiencia, el resultado es sorprendente para quienes dieron el paso previo al paso final: la mayoría de las veces se dieron cuenta que el otro nunca antes tuvo noción de lo que producía en nosotros.

Ambas alternativas están atrapadas en un mismo paradigma: confunden al otro con la relación.

También están los que siguen en pareja o continúan en sus trabajos resignados, llenos de quejas y con muy baja vitalidad. Son los que inspiran a los que están solos a decir, mejor solos que mal acompañados. Ambas alternativas -estar solos o tener una relación mediocre- están atrapadas en un mismo paradigma: confunden al otro con la relación.

La buena noticia es que podemos seguir con el otro y sin embargo, terminar con la relación. No es el otro, ni siquiera es lo que él o ella hace, lo que nos molesta y nos hace infelices: es la relación que -como cómplices- ayudamos a mantener todos los días. Lo que realmente nos cansa –por ejemplo- no es que nuestra pareja sea como es; es el inútil esfuerzo que hacemos en tratar de cambiarla, la frustración de no poder lograrlo, la desilusión que deviene de interpretar que ella no cambia porque no nos quiere. Lo que realmente nos sofoca y daña nuestra autoestima no son las exigencias de nuestro jefe; es la falta de fuerza que vemos en nuestro interior para poner límites, el miedo que experimentamos de sólo imaginarnos haciendo respetar esos límites, el pavor de tener que hacernos cargo de la libertad que lograríamos si tenemos éxito (ya no tendríamos a quien culpar de nuestras desdichas).

En rigor, no es al otro al que estamos rechazando cuando no queremos seguir más en una relación, es la propia relación la que ya no queremos más. Más específicamente aun, lo que en definitiva rechazamos es el papel que nosotros mismos tenemos en esa relación. Tristemente empezamos a sospecharlo cuando cambiamos de pareja y de trabajo, pero volvemos a sentir la misma desdicha, experimentamos el mismo síntoma, la misma fiebre. Porque lo que hacemos es cambiar al personaje y la escenografía, pero no el argumento de nuestro querido drama. Lo que olvidamos cambiar es la relación.

“tengo mal ojo para elegir mis parejas o todos son iguales.”

Pero aun así nos resistimos a la evidencia que el factor común en nuestros fracasos en las relaciones somos… nosotros mismos y escuchamos con frecuencia personas que explican sus recurrentes fracasos diciendo: tengo mal ojo para elegir mis parejas o todos los (hombres-mujeres, jefes) son iguales.

La otra buena noticia es que si bien no está en nuestro poder cambiar a nuestra pareja o a nuestro jefe, si podemos cambiarnos a nosotros mismos. Pero nada de eso ocurrirá si elegimos huir de nuestro síntoma -el dolor- pensando que el causante es el otro. Nuestra sombra seguirá igual tras de nosotros y  -ya lo sabemos- el infierno propio es transportable.

Estar en pareja tiene sus beneficios pero también tiene sus riesgos, y el mayor de ellos es que si queremos seguir en pareja y ser felices al mismo tiempo, probablemente estaremos obligados a cambiar. Y cuando cambiemos nosotros, necesariamente aquello cambiara la relación.

Escrito por Álvaro Godoy, director CEPPAS

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