Perder la libertad, la autonomía, el espacio, el miedo a sufrir o salir lastimado son todos temores asociados y, argumentos válidos, para quienes evitan el compromiso. Hoy, las parejas, están cada día más cautelosas y prudentes a la hora de adquirir compromisos o acuerdos que impliquen mayor seriedad en la relación. Para algunos, una sensación personal, para los estudiosos del tema un fenómeno sociocultural, donde el nuevo escenario nos ha llevado a una desnutrición vincular, un descompromiso emocional. Te invitamos a conocer que hay detrás de este fenómeno relacional-social…

Una de las mayores transformaciones en el área de la pareja, consolidada durante el s. XIX, fue el “matrimonio por amor”, tanto así que hoy en día se condena al que considera otros motivos para casarse que no sean el amor. Paradojalmente, a medida que se consolidaba el amor romántico como requisito para unirse en pareja, iban incrementándose los índices del divorcio. Si casi lo único que mantiene ensamblado al matrimonio moderno es el amor, cuando este se extingue (o se cree que se extingue), el vínculo tiende a deshacerse muy fácilmente. Es así como se fue poniendo un énfasis cada vez mayor en la satisfacción de las necesidades afectivas, sexuales y de comunicación, conduciendo a exigencias inéditas y a umbrales mínimos de decepción o frustración. A este incremento de expectativas y demandas al interior de la relación, se le fueron sumando las complicaciones derivadas del “matrimonio hasta que la muerte nos separe”, dado el nuevo contexto socio-cultural “marcado por la inmediatez del eterno presente y por el consumismo hedonista, donde el individualismo y su correspondiente exagerada individuación característica de la Segunda Modernidad, lleva a que se perciban las relaciones fuertes como un peligro para los valores de autonomía personal” (Bauman). El “para toda la vida” suena como un plazo demasiado largo.

Pareciera haberse ido modificando el auto-concepto que la pareja occidental tenía de si misma.

Para complicar aún más este escenario, en los últimos años pareciera haberse ido modificando el auto-concepto que la pareja occidental tenía de si misma. Ahora existiría una nueva disposición emocional, con sus fantasías inconscientes correspondientes, orientada a tener el control sobre el otro (Campuzano). Este fenómeno podría formar parte de la actual ilusión de poder, en que pretendemos estar asegurados contra todo, dado las tantas inestabilidades e incertidumbres imperantes en el ambiente social. Por tanto, uno de los primeros retos sería lograr construir una vinculación profunda y duradera, con acuerdos estables y responsabilidades recíprocas, entre dos individualidades que defienden sus necesidades y proyectos, donde se deben tener en cuenta tanto los intereses colectivos de ambos como los personales de cada uno. Las personas se mueven entre el deseo de estar en pareja y la necesidad de ser independiente, entre el temor a la soledad y el miedo a quedar atrapado. Por lo tanto, el gran desafío sería poder conciliar el proyecto de vida propia con el anhelo de amor.

Dadas estas condiciones, la díada solo puede mantenerse si logran un entendimiento tanto en el plano verbal como en el sexual, si tienen paciencia y sensibilidad hacia el otro, si desarrollan la destreza de poder llegar a acuerdos gracias a una continua negociación y si es capaz de aprender a gestionar los sentimientos, la distribución de funciones y tareas, la balanza de poder, el establecimiento de solidaridades y prioridades, etcétera.

Así llegamos a que uno de los fenómenos más característicos de esta época, según la mayoría de los especialistas, sea justamente el pánico al compromiso, no solo en hombres, sino que también – e incluso más – en mujeres. Uno de los índices en que se refleja este miedo al compromiso radica en el regular aumento de la cantidad de solteros en todo el mundo. Según Kaufmann, hay períodos más favorables a la soltería que otros y, si bien hoy existe una sensación de mayor fragilidad en la que se busca más protección y en que, por tanto, repuntan los valores familiares, para muchos jóvenes el vivir juntos sin mayor compromiso presenta un atractivo del que carecerían otros vínculos. En este tipo de lazos, las intenciones son modestas, no se hacen promesas ni declaraciones y, cuando las hay, éstas “no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas; casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Se pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, los costos a cancelar son menores y el plazo del pago es menos desalentador (Bauman).

El hecho de entregarse se asocia a la pérdida del control sobre sus propios afectos.

Cabe aclarar que dicho miedo al compromiso no se ha generalizado a todos los grupos etarios, sino que se encuentra entendiblemente concentrada entre los que bordean los 30 años, quienes parecieran tratar de eludir las problemáticas que implican un vínculo amoroso estable en el cual va surgiendo la interdependencia. Para esta generación, el hecho de entregarse se asocia a la pérdida del control sobre sus propios afectos, a quedar bajo el poder del otro y, por ende, a terminar sufriendo – tanto – que culmine en un daño a su salud, asunto que ha adquirido una inusitada importancia en la sociedad en los últimos años. En otras palabras, esta tendencia no consiste solamente en una elusión de las reglas y responsabilidades que implican un acuerdo formal, sino que también entraña algo más sutil e insidioso, un temor a la entrega total, en el sentido de “poner todos los huevos en la misma canasta”, en hacer converger los tres pilares fundamentales de una relación de pareja en una misma persona: intimidad emocional, sexo y compromiso.

Existe pánico a perderse uno mismo dentro de la relación.

Entonces, por un lado existe una suerte de fobia a las uniones comprometedoras, a las ataduras sin límites temporales y, por otro lado, se teme a la entrega afectiva, a caer en la dependencia, a perder el control; en el fondo, existe pánico a perderse uno mismo dentro de la relación. Singly acuñó una expresión muy decidora Libres ensemble (Libre Ensamblaje) para referirse principalmente a los jóvenes que se resisten a disolver su individualidad en el singular común “pareja” y donde el mayor problema ahora ya no es mantener la independencia, sino encontrar qué hacer juntos. La pareja es reemplazada por contactos íntimos circunstanciales, operatorios, de descarga, sin compromiso en lo afectivo profundo, acordando solo niveles sexuales, intelectuales o de amistad (Bruno), tal como se refleja en nuestros términos de “andar” o “salir con”, o en las interacciones por Internet o “Touch and go”. Estas últimas se han convertido en una especie de modelo que estaría infiltrando al resto de las relaciones interpersonales, donde más que relaciones se buscan conexiones que no necesiten una mayor implicación ni profundidad, en que cada uno decide cuando y como conectarse, en que siempre se puede pulsar la tecla Suprimir.

Sin embargo, los límites al compromiso emocional que erigen hoy los jóvenes, parecieran tener más bien la función de preservar del sufrimiento. De acuerdo con Sabatini, para evitar el riesgo de sufrir – propio de la investidura de otro – se impone una “desnutrición vincular”, un empobrecimiento afectivo en las interacciones. En efecto, en los nuevos estilos de vínculo, el otro es fácilmente intercambiable, lo que reaseguraría de este modo contra la pérdida, el abandono y el doloroso duelo posterior. Todo este proceso implica una deslibidinización y un descompromiso emocional, cuya consecuencia inevitable es una sensación de vacío difícilmente tolerable, el cual se intenta paliar de múltiples maneras, como por ejemplo, buscando ansiosamente emociones intensas que creen encontrar en una nueva pareja, originándose un círculo vicioso.

Para finalizar cabe agregar que, en esta compleja época en que se busca una pareja teniendo como telón de fondo la autonomía y la evitación a ultranza del dolor, dentro de una sociedad en que se sobrevalora la equidad, el consumismo y la inmediatez, donde se exige el derecho a la felicidad y existe una escasa tolerancia a la frustración, donde todo es revisable entre dos personas que están ahora en igualdad de poder; la personalidad y la madurez emocional de sus integrantes, pasan a ser fundamentales.

Escrito por Alejandra Godoy Haeberle

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