Es inevitable que cuando una pareja se separa el sistema familiar completo se ve afectado. Las dinámicas, los tiempos y sus integrantes se ven obligados a un proceso de ajuste al nuevo escenario familiar. El dejar de ser pareja no implica dejar de ser familia,

por el contrario: ambos seguirán unidos y conectados de por vida por la relación parental que deben mantener para educar y acompañar a sus hijos. Acá, la opinión y consejos de un especialista.

Ser pareja y ser padres pertenecen no sólo a distintas dimensiones del ser humano, sino que se rigen por distintas reglas.

Esta parte sin duda es una de las más difíciles del proceso de separación. Ser pareja y ser padres pertenecen no sólo a distintas dimensiones del ser humano, sino que se rigen por distintas reglas. Se nos dice que el matrimonio es para configurar una familia, y no para ser pareja. Los espacios de pareja suelen ser tremendamente reducidos, dándonos a entender que es un vehículo para estructurar una de las instituciones más relevantes de la sociedad: La familia

Pareciera que al separarse los padres, se destruye la familia, pero eso no es así.

A partir de esta reflexión, la confusión deja inmensos espacios vacíos al momento de vivir los primeros acuerdos de la separación. Pareciera que al separarse los padres, se destruye la familia, pero eso no es así. La familia continúa, la pareja no. ¿cómo es esto? La dimensión familia se constituye esencialmente en una estructura de relaciones, roles y funciones que no necesariamente cesan al momento que la pareja vive separada. Pareciera que el padre que ya no vive con sus hijos “pierde” el espacio de ser padre, sin embargo, un padre “no cotidiano” puede ser perfectamente un padre sólido, respetado y muy amado, aún cuando no viva con sus hijos. El gran temor de dejar el hogar es perder el vínculo con los hijos.

Una versión, una voz, dos padres.

No existe un manual para separarse, sin embargo, a partir de la experiencia de otros se pueden distinguir ciertas formas de manejo que muestran ser menos perjudiciales para los hijos. A algunos les puede servir a otros no tanto.

Existe una línea continua entre una dolorosa realidad y un deseo de proteger a los hijos.

Es necesario que puedan estructurar lentamente el cambio que están enfrentando como familia.

No siempre se podrán evitar los extremos, pero es posible caminar en una línea media. Los hijos necesitan una cuota de realidad y otra de protección para que el proceso sea lo menos doloroso posible. Es decir, es necesario que puedan estructurar lentamente el cambio que están enfrentando como familia, donde las cosas ya no serán como siempre. He aquí algunas pequeñas pautas que han sido útiles a lo largo de mi experiencia clínica:

Comunicarle a los hijos en conjunto la decisión de separarse. Ojala en términos simples y sin detalles y aclararles que ellos no tienen que ver en esta decisión (si preguntan por qué, es preferible no abrir el tema del conflicto delante de ellos). Nunca pensar que no saben nada, e incorporar la información de aquello que han visto en ustedes.

Que el padre que se va de la casa familiar no pierda contacto con los hijos, y les comunique que va a seguir presente en sus vidas. La negociación del cuidado de los hijos no depende de los hijos, sino que es una conversación exclusiva de los padres.  Es importante que el padre que se queda en el hogar de las facilidades de contacto con los hijos, ojalá le ayude a encontrar un lugar propio al padre que se ha ido. Que los hijos sientan que ambos padres pueden estar bien, están enteros y que pueden seguir con sus vidas y sobretodo, seguir con la relación con ellos.

Que el alejamiento de la casa familiar sea paulatina. Sólo por un breve período que es posible acordar, mantener ciertos rituales familiares con los hijos, sin que necesariamente esté presente el otro padre. Es importantísimo que los hijos sientan estabilidad y una rutina cotidiana. Que el cambio no sea brusco.

No olviden que los hijos necesitan al padre que educa, llama la atención y que manda.

Cuidado con los padres que tienden a proteger a los hijos siendo joviales y buena onda, de darles buenos momentos en las pocas situaciones que están juntos. No olviden que los hijos necesitan al padre que educa, llama la atención y que manda; y que idealmente, no se produzca una polarización en los roles de los padres separados, convirtiéndose en antagonistas de “el buena onda” y “la bruja”.

Asegurar un tiempo constante a los hijos pensando en 10 años para adelante, incluso imaginándose en otra relación y con más hijos. No dar demasiado al principio, pues pueden ir dejando de verlos o disminuyendo su aporte económico en la medida que sus vidas cambian. Mejor ser realista, pero constante desde el principio, que provocar cambios bruscos que pueden causar desilusión posterior.

Si tienen nuevas parejas, esperar a que sean lo suficientemente estables para que los hijos lo/la conozcan. Básicamente hay que evitarles nuevas pérdidas y cambios bruscos de situación vital.

Pero sobre todo, cuidar a los hijos de la propia rabia, pena y de las peleas. Evitar en lo posible colocar a los hijos de mensajeros o consejeros o intermediarios de los conflictos como pareja.

Escrito por Manuel Antonio Godoy

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